AMAFER

Asociación Monfortina de Amigos del Ferrocarríl

Setenta aos de la tragedia de torre del bierzo 3
Setenta años de la tragedia de torre del bierzo

La trampa del túnel número 20

Adelino Ardura vivía en Torre del Bierzo, donde trabajaba como chófer y era aficionado a la fotografía. En enero de 1944 y con una cámara traída de Ceuta, tomó las únicas imágenes que han trascendido del mayor accidente ferroviario de la historia de españa

 

El túnel número 20 de la línea de ferrocarril entre Palencia y La Coruña ya no existe. Lo desmantelaron entre 1985 y 1987 por problemas geológicos y en su lugar dejaron una trinchera de raíles. Pero cuando los trenes todavía eran de vapor y España salía de una guerra, allí murieron más de doscientas personas calcinadas en una trampa de fuego y hierros retorcidos.

Ocurrió el 3 de enero de 1944, a la salida de la estación de Torre del Bierzo, cuando el tren correo 421 que había salido la tarde anterior desde la Estación del Norte de Madrid y arrastrando doce vagones abarrotados con novecientos viajeros, perdió los frenos en la bajada del puerto de Manzanal y a las 13.20 horas chocó con una máquina de maniobras que trataba de apartarse en el interior del túnel.

Posteriormente, el tren carbonero 7442 que venía de la estación de Bembibre a toda máquina y con 27 vagones de mineral, acabó arrollando a la máquina de maniobras.

El accidente dejó un saldo oficial de 83 muertos —cinco de ellos fallecidos en los días posteriores— según el balance que recogió la sentencia del juicio que sufrió el maquinista del tren correo, pero la censura franquista minimizó desde el primer momento la magnitud de la catástrofe, alejó a los periodistas del lugar del suceso, donde desplegó al Ejército para retirar los restos, y ocultó la cifra exacta de muertos, que las fuentes más prudentes sitúan en torno a los doscientos cincuenta (Revista Maquetrén, 1999) y otras entre las quinientas y las ochocientas (John Marshall, Rail facts and feats). Con estas estimaciones, el suceso figuró hasta 1972 en el Libro Guiness de los Récords como el mayor desastre en la historia mundial de los ferrocarriles.

«Una niña de unos cuatro años, rubia, con un vestido rosa y un abrigo azul, que lleva en el pelo un lazo rosa», describía el juez de instrucción de Ponferrada, Domingo Antonio Vázquez, para referirse a una de las víctimas sin identificar en la providencia con la que el 7 de enero realizó un primer recuento de 55 cuerpos. El juez reconocía que en el accidente podían haber fallecido «otras personas cuyos cadáveres quizá pudieran haber resultado totalmente reducidos a cenizas» y encargaba «a cuantas personas tengan que justificar la desaparición o defunción de quienes viajaren en aquel tren siniestrado, y que se encuentren comprendidos en la condición de herederos forzosos de ellos, acudan ante este juzgado con los medios testificales y documentales que lo acrediten».

Y es que la verdad, como en las guerras, fue una víctima más del accidente y así se intuía en la prensa de la época. «La fantasía popular se apoderó de los primeros datos e hizo ascender a proporciones inverosímiles, falsas de verdad, las pérdidas humanas», se leía en el diario Proa dos días después del desastre.

Sin imágenes en la prensa de la época, las únicas fotografías que han trascendido del accidente las tomó un fotógrafo aficionado. Se llamaba Adelino Ardura Suárez, vivía en Torre del Bierzo, donde trabajaba como camionero en una mina, y se atrevió a acercarse al fatídico túnel, posiblemente al día siguiente del desastre —el tráfico ferroviario no se reanudó hasta el 6 de enero— para fotografiar de forma discreta a los soldados movilizados y, con menos precauciones, a los civiles que trataban de despejar las vías y que en algún caso llegaron a posar para él.

Las imágenes de Ardura, que empleó una pequeña cámara que le habían traído de Ceuta porque el material fotográfico era allí más barato que en la península, muestran el vapor de los trenes de auxilio desplazados hasta Torre, con cajas colocadas en vagones abiertos para trasladar los cadáveres, los soldados al pie de las vías, algunos curiosos, el barro, los restos de nieve, la boca humeante del túnel, y sobre todo, la locomotora Santa Fe 5001 del tren carbonero empotrada contra la máquina de maniobras, al otro lado de la colina, y con dos hombres encaramados sobre las calderas.

«Mi padre esperaba al tren en el apeadero de Albares con un amigo cuando vieron que no paró. Entonces bajaron a pie a Torre por un sendero que le llaman El Molino y que va hasta el río Tremor y en la estación ya encontraron todo el lío. Pero las fotografías, seguramente las tomara al día siguiente», cuenta a este periódico el hijo de Adelino Ardura, José Antonio, que a la muerte de su padre se hizo cargo de las imágenes que durante décadas habían ocupado una página del álbum familiar. «A veces las miro con una lupa para ver los detalles», dice del reportaje fotográfico que su padre reveló en Astorga, en un formato pequeño, y que durante mucho tiempo sólo mostró a familiares y amigos.

José Antonio hizo públicas las fotografías de su padre cuando hace una década se las prestó al cineasta Ramón Fontecha, ganador del Goya al mejor cortometraje documental con su película Túnel número 20. Pero la serie completa, con dos imágenes inéditas de la estación envuelta en el humo y el barro y un hombre posando sobre una de las locomotoras que se desplazó después a Torre, no se había publicado antes en la prensa. Ahora que las tiene escaneadas, José Antonio ha podido distinguir incluso los féretros de las víctimas.

La del tren correo expreso 421 es una historia que ha regresado de las coplas populares a los medios de comunicación. El retraso que acumulaba el convoy y las deficiencias de la locomotora Santa Fe que tiraba de los doce vagones se aliaron aquel día para provocar la tragedia. Después de viajar durante toda la noche, Renfe acopló en León una segunda máquina al correo para seguir el viaje a Galicia con doble tracción y sobre todo, para descender el sacacorchos del puerto de Manzanal con garantías, porque la locomotora titular iba mal de frenos. En Astorga, el maquinista volvió a quejarse y los mecánicos se demoraron durante nueve minutos más de los previstos para acercar las zapatas a las ruedas. Para cuando el tren se detuvo en La Granja de San Vicente, llevaba casi dos horas de retraso y fue allí, con la pendiente más pronunciada todavía por delante, donde el caldeo de un cojinete del primer eje obligó a desenganchar la segunda máquina.

El tren continuó con una sola locomotora y el maquinista ya no pudo frenar en el apeadero de Albares, donde Adelino Ardura se encontraba a las 13.10 entre los testigos que observaron, estupefactos, como el convoy bajaba desbocado. Proa relataba el 4 de enero cómo el jefe de tracción de Renfe, que iba en el furgón de cabeza «se pasó por los estribos a la composición del tren con la idea de apretar los frenos de tornillo y no pudo pasar del coche mixto de primera y segunda». Avisado por teléfono, Domenech, el jefe de la estación de Torre, ordenó bloquear la vía con traviesas. «Pusieron calzas en la vía para hacer descarrilar al tren porque en Torre, en la boca de aquel túnel maldito, había una máquina haciendo maniobras, pero las disparó. Saltaron al pasar», contaba en 2003 a este periódico el viajero Pablo Joaquín González, que se había subido en Astorga.

El maquinista de la locomotora de maniobras, también advertido, trataba de alejarse dentro del túnel número 20 en el momento en que se produjo la colisión, a la salida de la estación de Torre. Los primeros cinco vagones de madera del correo y los dos últimos de la máquina de maniobras comenzaron a arder. El coche mixto quedó destrozado, pero sin llamas en la boca del túnel. El séptimo vagón, descarrilado y con desperfectos. Y los últimos cinco coches, cuatro vagones con pasajeros de tercera y el furgón con las nóminas de los empleados de Renfe, sin descarrilar y fuera del túnel.

La tragedia fue completa cuando el carbonero que venía de Bembibre arrolló a la máquina de maniobras, empujada al otro lado del túnel después del primer choque. De nada sirvieron los avisos de su maquinista, que se había bajado de la locomotora tras el primer impacto y murió aplastado por un vagón de carbón. El túnel número 20 ardió durante 24 horas. El Ejército tardó tres días en despejar la vía. Y el día 4 de enero tuvo lugar en León un multitudinario funeral de 47 de las víctimas, muchas de ellas sin identificar.

«Los féretros fueron sacados de los vagones y colocados por orden en el patio de carruajes de la estación. Eran negros los de los cadáveres de los hombres y blancos los femeninos. Sobre los ataúdes escribieron con tiza números según la lista de clasificación», contó Proa aquel día.


EL SUPERVIVIENTE. ELADIO GONZÁLEZ MEDINA

«Cogías un brazo y se le salía la piel»

Aunque Eladio González Medina tenía que haberse presentado el 2 de enero de 1944 en el cuartel de Ponferrada, a última hora decidió apurar un poco el permiso navideño y permanecer un día más con la familia en su pueblo de Valle de las Casas, cerca de Cistierna, donde había visto la luz en 1920. Ese 2 de enero, a las cuatro de la tarde, bajó a León y durmió en la ciudad para poder tomar el Correo de Galicia a la mañana siguiente.

Eladio, que nunca antes ha narrado su experiencia ante los medios, recuerda bien que el Expreso había subido el puerto de Brañuelas «con dos máquinas» y que en La Granja desengancharon una de ellas —tal y como se supo después, por un problema técnico—. Rememora el creciente aumento de velocidad y cómo pasaron ante el apeadero de Albares como una auténtica exhalación. «Nos dijeron que no nos asomásemos por las ventanillas», evoca. «Pero una señora, al mirar y ver lo que pasaba, se tiró del tren». El convoy iba cargado hasta los topes y se había quedado sin frenos. «Llevaba mucha, mucha gente. Era día de mercado en Bembibre y allí había de todo: paisanos que iban a comprar y vender, viajeros a Galicia, estraperlistas… y más de la mitad de ellos, sin billete». Eladio viajaba en uno de los vagones de tercera clase y de pronto empezó a oír «muchos gritos». Notó un golpe grande y «una costalada»: su vagón había descarrilado y había quedado acostado sobre la trinchera a la entrada misma del túnel.

Para Eladio, aquel era el sexto año consecutivo que vestía uniforme militar. Llamado a filas en 1938, había participado en las campañas del valle de Arán y Lérida, combatido en el Ebro y entrado con las tropas nacionales en Barcelona y Gerona, combates en los que cayeron muchos compañeros y tras los cuales se acostumbró a la visión de los parapetos sembrados de cuerpos. Una vez finalizada la guerra, formó parte de los contingentes cuya misión era perseguir y acabar con la guerrilla antifranquista o maquis en los montes del Bierzo y áreas cercanas. En concreto, Eladio estaba destinado en la cabeza municipal de Ancares, Candín. Y allí se dirigía, previo paso por Ponferrada, aquel 3 de enero de 1944.

El joven soldado de Valle de las Casas resultó ileso, como la mayor parte de ocupantes de los vagones de tercera. «Había gente que se quejaba; a alguno le cayó encima una maleta y le rompió un brazo, bueno, todo cosas así». Fue al salir del coche cuando empezó a darse cuenta, paulatinamente, de la magnitud de la tragedia, sobre todo después de escuchar el segundo impacto protagonizado por el mercancías 7442 al otro lado del túnel. Grandes nubes de humo salían de la oscura boca y Eladio y sus compañeros, en calidad de militares, fueron quienes hubieron de ocuparse de las primeras labores de rescate y atención. «Fíjate, eran las dos de la tarde y hasta las diez de la noche no paramos», dice, rememorando el acarreo continuo de cadáveres. «Aquello ardió todo, la gente estaba achicharrada». «Tirabas del brazo de uno y te quedabas con la piel en la mano». «Del túnel casi no salió nadie con vida», explica.

Ya por la noche les llevaron a un centro social de la Falange («solo a los militares que íbamos en el tren», admite) y les dieron alimento y bebida después de ocho horas sin probar bocado («aunque yo no tenía gana ninguna de comer»). Hablaron del accidente entre ellos pero al poco tiempo cayó el silencio sobre el asunto. Eladio oyó entonces decir que habían sido 600 los fallecidos, y él es partidario de esa cifra («iban más de cien tíos en cada coche, con cestas, con todo tipo de cosas, no nos podíamos ni revolver»). En cuanto a las causas, este curtido ferroviario que hoy goza de una envidiable salud y fortaleza física apunta al peso excesivo, a la deficiente infraestructura y al hecho de llevar una sola máquina. ¿Le afectó personalmente la experiencia? «Bueno. Como había visto ya tantas cosas en la guerra…».


LA TESTIGO. Palmira de la Torre Viloria

«Peor que lo que vi fue lo que oí»

El padre de Palmira, nacida en 1933 en Santa Marina de Torre, era tratante de ganado y aunque contaba la familia con buen rebaño, fincas de centeno y vacas de leche, todos tenían que arrimar el hombro, del pequeño al último, ayudando en muchas labores distintas. El día del accidente, Palmira andaba cuidando las vacas a seis kilómetros de su pueblo, una vez cruzadas las vías por encima de las tablas que en su momento colocaran los mineros de Santa Marina para poder pasar directamente a la mina de Silván. La niña Palmira, entonces con 11 años, estaba acompañada por otras chiquillas de su misma edad cuando «sentimos un golpe muy fuerte»: miraron hacia las vías y advirtieron cómo «la boca del túnel no se veía del humo que había». Acto seguido, empezaron a escuchar «muchas voces y muchos gritos». Pasaron al otro lado para ver qué ocurría y en ese momento vieron «salir del túnel gente quemada que pedía auxilio, con la ropa toda destrozada». Impresionadas y muy asustadas, estas niñas —Palmira tiene por cierto que fueron las primeras testigos del accidente— no sabían qué hacer aunque «la Guardia Civil acudió pronto porque el puesto no quedaba lejos». Rápidamente «nos echaron de allí», pero crías al fin y al cabo, y con muchas ganas de curiosear, volvieron al poco rato, desde otro ángulo, para escuchar el segundo golpe. «A mí esa escena se me quedó grabada para toda la vida, la de todas aquellas personas que salían, medio quemadas y con la ropa ardiendo». «Nunca olvidaré los gritos: peor que lo que vi fue lo que oí». Otro de los momentos que se mantienen fijos en su cabeza es el de las vías y sus alrededores «completamente llenos de cadáveres» (Palmira divisó sobre los raíles «una pierna seccionada, con el zapato puesto en el pie») y cómo luego los fueron pasando «al portal de la iglesia» mientras ella y sus amigas intentaban espiarlo todo.

«Cuando volví a casa se lo conté a mi madre y me regañó por no haberme ido inmediatamente», pero poco después el accidente se convirtió en el gran tema de conversación del pueblo y la comarca. Se habló de casos personales y de detalles como el de don Félix Moy, propietario de minas, a quien le quedó dentro «la cartera con el dinero para pagar a los mineros» y el ayuntamiento de Torre hizo llegar a los juzgados de Ponferrada gran cantidad de objetos personales como los registrados en la documentación de 18 de enero en la que constan «…efectos encontrados en el lugar del siniestro del tren correo 421: un rosario, al parecer de oro, con las iniciales A.T. o T.A.; una cadena con una medalla y la imagen de Nuestra Señora de Covadonga, y separada, otra medalla con la imagen de San Antonio sin ningún otro dato particular…». En otros documentos a los que ha tenido acceso este periódico constan «las prendas y enseres de vecinos residentes en esta localidad que facilitaron para el socorro de heridos, y que a pesar del tiempo transcurrido no han sido devueltos a sus dueños, como una «cama turca nueva» o «19 mantas nuevas de lana». De salud delicada a causa del asma y otras dolencias (en 1965 se afincó con su marido en León, en parte por prescripción médica), Palmira mantiene que la visión de aquel suceso le produjo una depresión «que no se me ha llegado a quitar nunca». «De noche lloraba y tenía que pasar mi madre a dormir conmigo». Ha preferido no ver tampoco las imágenes del accidente de Santiago del pasado mes de julio. Le traen demasiados recuerdos.

 


Imágenes de la tragedia ferroviaria de hace 70 años en Torre del Bierzo

El fotógrafo aficionado Adelino Ardura burló en enero de 1944 la censura franquista y tomó las únicas imágenes que han trascendido de la catástrofe ferroviaria de Torre del Bierzo

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Soldados cargando féretros


Setenta aos de la tragedia de torre del bierzo 2

Un desconocido posando sobre una locomotora


Setenta aos de la tragedia de torre del bierzo 3

Una máquina accidentada


Setenta aos de la tragedia de torre del bierzo 4

 


Setenta aos de la tragedia de torre del bierzo 5

Soldados cargando féretros


Setenta aos de la tragedia de torre del bierzo 6

El túnel humeante


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Locomotora del tren carbonero y máquina de maniobras, al otro lado del túnel, fotografiadas entre el 3 y el 6 de enero.


Setenta aos de la tragedia de torre del bierzo 8

El túnel número 20 de la línea Palencia a La Coruña ya no existe. En su lugar (izquierda) existe una trinchera de vías a la salida de la estación de Torre del Bierzo. En el pueblo, un mural (derecha) y una placa recuerdan la tragedia.

 

 

 

 

Germán López Quiroga. Monforte de Lemos 2014.